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Sobre un sillón de piel.

Me sorprendes con la mirada puesta sobre un brazo derecho. Tiene el reloj en él y no en el izquierdo como es la costumbre; me conoces y entiendes lo que eso significa: una puerta abierta a lo diferente. Es el único cliente que se hace atender en la barra. El cabello lacio, caído al frente, parece un telón que le aísla de los demás; con un codo apoyado en la barra, desgarbado y empinado sobre un tarro de cerveza, parece como si temiera una llamada de atención.

"Sólo en un bar como éste, donde lo que importa es el consumo, podrían dejarlo pasar, pienso, mientras repaso los trazos de su cuerpo menudo, desvanecido entre los pliegues de la camisola negra -dos tallas más grande, seguramente-, y ajustado, hacia las piernas, por un pantalón de mezclilla y unas botas como las que usan los militares, quizás para sentirse más hombre. Los labios rojos , sin duda, producto de una esmerada alimentación todavía materna; la piel ligeramente sonrojada por el tránsito de dos cervezas que recorre un cuerpo inexperto, si no es que virgen... v-i-r-g-e-n, mi labio interior se hincha bajo la presión de los dientes.
-¿Te gusta? -reclamas atención.
-Imaginalo... Si me metieras los dedos, sabrías cuánto-. Te miro por un momento y hago un movimiento suave  sobre la silla: hacia atrás y separo las piernas, hacia adelante y las junto; la costura de los jeans queda atrapada entre los labios, ya húmedos, de mi sexo. Mi clítoris se hincha ante la presión; recuerda una burbuja alimentada por el vapor que exhala la sangre caliente. 

-Bueno, si tanto te gusta, podemos invitarle a una copa en el departamento. (Eres siempre tan amable y solícito a mis deseos, que también por eso te amo.) 
-Pero, apenas tendrá los quince -repongo, sólo para atender las prescripciones morales, al mismo tiempo que te entrego una sonrisa como anticipo de mejor recompensa si me lo traes. 
-Sólo es cuestión de proponérselo, ¿no ves que es un hombre de mundo? -respondes la sonrisa y te levantas. Vas hacia él, con ese caminar sigiloso de quien va pensando cómo abordar un deseo ilícito sin que el objetivo se asuste. 

Te veo en la barra. Los veo a los dos. Junto a tu cuerpo, el suyo recupera sus dimensiones adolescentes. Le pones una mano en la espalda, y toda su cabellera se revolotea con un aire de seguridad  urgente ante el extraño; Se descubre su perfil y me quedo prendada de sus pestañas negras y tupidas, pienso que así debe tener los pelos... p-e-l-o-s. Las sensaciones que me ha dejado la palabra, inician una carrera loca; bajan por el surco de mi espalda, las nalgas y se depositan en ese cuenco minúsculo que palpita con más fuerza bajo la costura de los pantalones. 

Hablas con él y por la expresión de tu cara sé que en un tono despreocupado, con mucha naturalidad; también sé que eres experto en el juego de seducir. Mientras le hablas, recorres el lugar con la mirada. Te fijas en la gente. Debes sentirte excitado pensando que quienes te ven no imaginan nuestros planes. Después detienes la mirada en mi escote. Discretamente, con las manos, me levanto los pechos y te los ofrezco: "Si quieres mamármelos..., tráelo." Entiendes el mensaje y vuelves a clavar la mirada en sus ojos negros. 

Te veo sentado en nuestro sillón favorito. Nos miras. Me has dejado el placer de desnudar al muchacho porque sabes cuánto gozo la tarea de liberar botones. Desato el cinturón, la cremallera está tensa; pero luego, cede fácilmente, incluso con el impulso propio que le da lo que se libera: un pene enhiesto de algodón. Le quito la última envoltura, acertadamente tiene los pelos negros, tupidos, y la verga a punto de descargar. "No resistirá mucho", te expreso con una mirada, pero tú ya estás preparado y deliciosamente tenso; junto al vaso de vodka descubro el lubricante. Beso a nuestro invitado y lo pongo de espaldas a ti. Termino de deslizarle el pantalón para que saborees las nalgas donde vas a hundirte. Se las acarició y separo para que puedas vislumbrar el ojete; le muerdo a un costado de la nuca, detrás de la oreja,  y su carne se estremece. 

-Me deseas, ¿verdad? -soplo las palabras en su oído y afirma con un movimiento de cabeza-. Entonces, bájame el pantalón -mis labios genitales se ven liberados de la mordaza que cae al suelo mojada y vencida. Te miro por encima de su hombro y ya te has encargado de embadurnarte la pija con la goma. 
-Ahora te vamos a mostrar qué placentero puede ser un sillón de piel; siéntate, despacio, relaja las nalgas. 

Hinco mis dedos en su carnoso culo y lo abro aún más. Recargas los codos en ambos brazos del sillón y con las manos abiertas recibes su cadera; la mantienes en vilo, soportando el peso, para maniobrar mejor. él quiere resistirse cuando siente tu punta en su entrada, pero ya no es posible. Demasiado tarde. Tú y yo lo deseamos, y estoy segura que él también. 

Por la suave vibración de tu cuerpo, sé que ardes en deseos de sentarlo en ti cuanto antes; sin embargo, quieres que sea yo quien lo encaje en tu verga, para que ambos lo gocemos. Así lo hago. Me subo al sillón y con las piernas bien abiertas oscilo encima del cuerpo que mantienes al filo de tu placer. Mi vulva se expande y chupa poco a poco el pene agudo que se levanta hacia ella. Lo bebo hasta la base, él se incendia. El peso de nuestros cuerpos vence las resistencia de tus brazos y nos dejas caer sobre ti. El chico emite un quejido cuando lo penetras que me estremece, sobre todo porque su carne, dentro de mí, también lo hace: tiembla, resortea, estalla. El eco trepidante de sus contracciones me alcanza y lo sigo. Aplazando el goce de mis últimos espasmos, me separo de ustedes. Quiero que también tú sucumbas al placer. Entonces, con el muchacho ensartado en tu miembro, te levantas, caminas hasta la mesa y, sobre ella, lo tumbas. Entras y sales de él una y otra vez, apurado por el ritmo frenético de la paroximia. Yo los miro desde nuestro sillón y disfruto los restos de mi placer con la escena. Finalmente estallas. Cierro los ojos para apresar la última imagen y, entonces escucho tu voz: 

-Amor, lo siento, se lo propuse, pero parece que está esperando a su novia -me lo dices sin sentirte realmente apenado porque sabes que he gozado con la sola idea. Aunque no creo que sepas cuánto.


Ivonne Cervantes Corte.
Libro: Sobre un sillón de piel...Los juegos.
Ed. Edivisión/Diana.

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