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Deseo tras la puerta.

En algún momento lo había escuchado, definitivamente esa era, pero en su memoria no había rostro para esa voz. Había escuchado las palabras más hermosas impregnadas en ese sonido. La marca de un desconocido grabada en sus recuerdos. Con cada frase la hacía sentir un calor viril que la seducía, imaginaba cómo la tomaba por la cintura, y la atraía hacia sí. Miró a todos lados, acalorada buscó un asiento cerca de donde provenía el sonido.

La imagen volvía a su cabeza, lo vio acercándose y llevarla a un sitio privado él había empezado a acariciar sus glúteos, su mano entera se posó amoldándose a la curvatura y presionó, soltó un ligero suspiro de satisfacción más no se dejó llevar por la excitación. Sonrió y sin ningún aviso metió su mano entre sus glúteos y masajeó suavemente, dando ligeros pellizcos entre sus piernas, le agradaba el sonido de la respiración de la chica agitándose, paró por un momento y le dio una ligera nalgada.

 Mientras ella disuadía la confusión y aceptaba seguir el juego él acarició de manera ascendente hasta posarse en sus caderas regodeándose en la tentación que provocaba, sobre todo por el papel de dominio que mantenía, y pegó su pubis al cuerpo de la chica, haciéndola sentir ese hormigueo tan característico del deseo, ella soltó un gemido. Sus manos siguieron recorriéndola alrededor de la cintura, la espalda y finalmente rodeó sus hombros, se detuvo ahí un momento y acercó sus labios al cuello de la mujer, se mantuvo a una mínima distancia, sin besarle, sólo dejó que ella pudiera sentir su calor, su aliento en su cuello. Tomó con fuerza su rostro y se apoderó de su boca, sus labios estaban completamente enganchados manifestando su sed en un arrebato frenético.

Ella estaba ansiosa por que el momento llegara, que la desnudara y besara su cuerpo, acariciara sus pechos y su lengua jugueteara con cada centímetro de su piel. Antes de dejarse ir en cada embestida que él diera moviendo sus caderas hasta llegar a lo más profundo de su sexo, quería que él recibiera toda la humedad de su ser y susurrara tantas cosas en su oído, que mordisqueara sus hombros y que sus dedos hicieran más de esa magia entre sus piernas temblorosas. Entonces ella vorazmente le arrancaría la camisa, besaría su cuello, acariciaría cada centímetro de su espalda y su pecho, contando unos cuantos lunares en el trayecto. Desabotonaría el pantalón y bajaría la cremallera lentamente para sentir la hinchazón del miembro entre sus piernas. De pronto él la detuvo…

Con el cuerpo abochornado, la respiración entrecortada y el calor de su rostro transformándose en humedad en lo más íntimo, sentía como sus labios se hinchaban por el deseo y el pulso se aceleraba. Ya interrumpido su pensamiento buscó el lugar de donde provenía esa voz, pero tan pronto como ella lo había encontrado, él desapareció de nuevo. Corrió en su búsqueda “¡Espera! Tan sólo déjame…” El joven entró en una casa cercana y tras de sí cerró la puerta.

“El corazón es como una casa. Si no te han invitado no hay manera de que entres” Pensó “Siempre puedes tocar la puerta, ¿O no?”

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